[Programa de fiestas 1966, sense numerar]

Las fiestas de Alfara ayer y hoy

Dice un refrán castellano que «cualquier tiempo pasado fue mejor». No podemos suscribir en absoluto tal afirmación. Cierto que los tiempos pasados han tenido cosas muy buenas, pero esa frase está aplicada -y así debe entenderse- más bien a cosas individuales que no a las generales. Los jovencitos no recuerdan el tiempo pasado; toda la ilusión la tienen en el futuro. Y cuando pasa la adolescencia y se hallan en la plenitud de la juventud es cuando empiezan a darse cuenta de Jo que fue su niñez, y ya lamentan que haya pasado tan presto aquella encantadora edad y se recuerdan aquellos juegos infantiles y aquella vida sin mayores preocupaciones que la de asistir a la escuela y aprenderse unas lecciones. Y cuando el hombre llega a la edad madura, y no digamos a los albores de la vejez, es cuando recuerda aquellas cosas propias de su niñez y de su juventud y cuando siente verdadera nostalgia de las cosas pasadas que han dejado huella profunda en su alma, y que quizás hayan tenido eficaz intervención en la definitiva orientación de su vida. En ese sentido es verdadero el refrán aludido; por lo demás, nadie cambiaría el mundo de hoy por el de medio siglo antes.

Pero ¿es igualmente verdadero aplicado a nuestras fiestas? ¿Nuestras fiestas de antaño eran mejores que las ele ahora? Difícil es contestar. Mas dejando aparte la apreciación que cada cual pueda hacer, séame permitido el referir algunos detalles de aquellas fiestas de mis años mozos, para que los jóvenes los conozcan y los viejos los recuerden.

***

La víspera de las fiestas, de buena mañana llegaban los adornistas o «floreros» y como primera providencia colocaban cuatro flamantes banderas en el campanario -una en cada ángulo- que ondeaban según la dirección del viento. Eran como un mudo pregón de fiestas, pues a todos que por algún motivo pasaban próximos al pueblo y miraban el campanario (y el campanario es lo primero que se mira sin darnos cuenta de ello), parecían decirles: «En Alfara estamos de fiestas». Continuaban los «floreros» adornando la iglesia y colocando numerosas arañas de cristal. Una más grande en el centro del crucero y otras, de diferentes tamaños, convenientemente distribuidas en las capillas y en el presbiterio. «L’arañá» daba, dentro de la iglesia, el tono de fiestas solemnes.

Como anuncio de fiestas se hacía, igual que ahora, al mediodía y al anochecer, el volteo de campanas acompañado del disparo de «masclets» o «tronaors».

El primer acto callejero era el pasacalle de «tabalet y dolsaina» que se hacía al atardecer, y luego, ya anochecido, el de la banda de música previamente contratada.

Número obligado de la víspera era la serenata o concierto musical que·la banda ejecutaba sobre un tablado levantado al efecto y que el público escuchaba con impresionante silencio.

Llegado el día de la fiesta, el volteo alegre de las campanas y el disparo de «tronaors» despertaban al vecindario, y, poco después, el pasacalle del dulzainero y el de la música renovaban el ambiente de fiestas por las calles.

En el tren de las 10 llegaban los componentes de la orquesta. Desde la estación se dirigían a la iglesia. Con ellos llegaba el predicador con su bolsa de damasco rojo en la que llevaba los hábitos corales. Un buen tenor y un buen barítono eran indispensables para una orquesta de mediana categoría. No hay que decir que en las fiestas más solemnes había verdadera expectación por oír la parte musical de la misa. Era la única ocasión en que podía eI oído recrearse oyendo armonías de violines acompañando voces de cantores de fama.

Sobre la una de la tarde se hacía la «disparà». Al atardecer, si no se había organizado algún festejo de mayor importancia, la música ejecutaba unas piezas mientras la calle Mayor y la plaza de Ferriols (hoy del Caudillo) se iban animando con la presencia de los jóvenes y de las muchachitas que, luciendo sus mejores galas, iniciaban sus paseos, animación que aumentaba en gran manera con la llegada de numerosos grupos, en su mayoría jóvenes, de los pueblos vecinos que acudían a presenciar los últimos actos de la fiesta y especialmente el paso de la procesión.

Ya anochecido, tenía lugar este acto religioso. Figuraban en su cortejo las imágenes de las diversas Cofradías. Cada imagen tenía sus propias andas y todas ellas estaban ricamente decoradas. Seguían este orden: San Francisco de Asís, San José, Virgen del Rosario, Virgen del Remedio, Santa Bárbara y San Bartolomé. Cuando la procesión, de regreso, llegaba a la plaza de la Iglesia, daba la vuelta a la misma para entrar de frente Y era hermosísimo el golpe de vista que ofrecía la iglesia con la espléndida iluminación de las arañas. Los fieles llenaban la iglesia y contestaban, cantando, los gozos como final del acto religioso.

La fiesta terminaba más tarde con el disparo de un castillo de fuegos artificiales más o menos nutrido de postes y piezas, según el presupuesto que para ello tenían los clavarios.

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Así se celebraban nuestras fiestas hace medio siglo. Como podrán apreciar los lectores, se han perdido algunas cosas.

Se ha perdido el adorno en la iglesia. La decoración de la misma, y sobre todo la luz eléctrica, han ido haciendo innecesarias aquellas arañas.

Se ha perdido el interés por oír aquellas misas y aquellas orquestas con resabios teatrales ya que las misas solemnes son cantadas por las agrupaciones corales de cada parroquia.

Se ha perdido incluso el interés por oír un buen concierto musical. Subsisten muchos aficionados a la música y los entusiastas seguidores de su Banda musical; pero como la radio y la televisión nos ofrecen música abundante, no apreciamos aquellas composiciones que oíamos solamente en las fiestas.

Se ha perdido hasta aquel ambiente general de fiesta que comenzaba de buena mañana, pues a medida que ha progresado la industria son muchos los que de ella viven, y bien porque les es difícil desprenderse de su jornal, o bien porque sus empresas no les conceden el permiso que necesitan, se ven precisados a desplazarse al centro de su trabajo como cualquier otro día, de donde resulta que únicamente se nota la animación propia de la fiesta durante las últimas horas de la tarde.

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Una cosa subsiste y debe subsistir en nuestras fiestas: lo que constituye la esencia y razón de ser de las mismas, que es la devoción a los Santos Patronos; el sentimiento religioso, mejor diríamos, nuestra fe religiosa, que tiene su manifestación externa en los actos públicos con que les honramos. Las circunstancias de cada época determinarán el modo más adecuado para exteriorizar lo que sentirnos en nuestro corazón. Pero sean éstas cuales fueren, nos incumbe a nosotros conservar nuestra fe, nuestras tradiciones, nuestra confianza en su poderosa intercesión. Mientras estos valores espirituales conservemos, estemos seguros de que la protección de nuestros Santos Patronos San Bartolomé Apóstol, Santa Bárbara, la Virgen y Mártir de Nicomedia, y nuestro antiguo Señor San Juan de Ribera, sobre la población de Alfara. del Patriarca, no faltará.

JOSÉ MARÍA SERRA
Cura Arcipreste de Catarroja

Bibliografia completa Mn. José María Serra, “Las fiestas de Alfara ayer y hoy”. Programa de fiestas 1966, sense numerar.
Etiquetes Història, programes de festes, festes, religió
Data de publicació Dimecres 9 de juny de 2021
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