[Programa de fiestas 1970, sense numerar]

X Aniversario de la Canonización de San Juan de Ribera
RECORDANDO …

Por José María Serra, Pbro.

Si hay fechas que no se olvidan porque traen consigo el recuerdo de hechos que han quedado muy grabados en el corazón, el correr de este año de gracia 1970 nos hace recordar, a diez años de distancia, hechos que han tenido especial importancia para la vida religiosa de nuestra población, acaecidos al principio de esta década, es decir en el año 1960. La restauración y decoración de nuestra Iglesia Parroquial, la canonización del Patriarca San Juan de Ribera y las extraordinarias fiestas que con dicho motivo se celebraron en Alfara a principios de octubre de aquel año, presididas por el Excmo. Sr. Obispo Auxiliar de Valencia, traídos aquí los restos venerados del Santo recibidos jubilosamente, paseados en procesión concurridísima y devueltos con lucido acompañamiento al Colegio del Corpus Christi de Valencia, después de permanecer dos días en nuestro pueblo son hechos que la generación presente recuerda, pero de los que ha de hacerse mención escrita para que su recuerdo no perezca con el tiempo, sino que permanezca por siempre. La memoria se debilita; los que presenciaron y vivieron los hechos, mueren; pero lo que se escribe, escrito queda.

No pretendo con estas líneas hacer una crónica de aquellas fiestas “únicas”. La prensa valenciana habló de ellas y el Programa que de las mismas se publicó y del que se conservarán ejemplares en muchas familias y en el mismo Archivo Municipal, harán conocer a las generaciones futuras lo que Alfara hizo aquel año 1960.

Hecho básico y fundamental de todo fue la canonización del hasta entonces BEATO JUAN DE RIBERA. En noviembre del año anterior se había reanudado el proceso y siguiendo su complicado y minucioso curso terminó felizmente en febrero del citado año con la aprobación plena por parte de la Sagrada Congregación de Ritos, ratificada por Su Santidad, de los dos milagros propuestos atribuidos a la intercesión del Beato cuya canonización se pedía. El Santo Padre Juan XXIII, señaló la fecha del domingo, 12 de junio, para la ceremonia de la canonización.

Parte del grupo de alfarenses que, con don Vicente Aranda, asistieron a la Canonización. Aquí posan bajo las columnas y escalinatas de la Basílica de San Pedro, momentos antes de penetrar en el templo vaticano.

Si desde diversos sitios de España se promovieron y organizaron peregrinaciones para asistir al acto, siempre solemnísimo, de la canonización y testimoniar la gran devoción al nuevo Santo, tan conocido en España, no podía quedar Alfara al margen de un acontecimiento tanto tiempo esperado y que tan de cerca le tocaba. Y Alfara, entonces más que nunca DEL PATRIARCA, asistió representada toda ella por el grupo de los 34 alfarenses que, presididos por el entonces cura, don Vicente Aranda, ocuparon totalmente un autobús, iniciaron el viaje desde la puerta de la Iglesia en la mañanita del miércoles, 8 de junio, y en cuatro etapas realizaron el viaje Alfara-Roma llegando a la ciudad al anochecer del sábado.

Se madrugó aquel domingo 12 de junio, ya que la ceremonia de la canonización con la Misa Papal que le sigue y la homilía que en honor del nuevo Santo pronuncia el Papa, es de larga duración y comenzaba a las 8’30. Llegamos a la gran Basílica de San Pedro cuando por la puerta lateral del atrio asomaba ya la cruz que abría marcha al cortejo Papal. Figuraban en él los altos dignatarios, el clero de la Basílica, más de cien obispos, treinta cardenales, todos con capa y mitra, presidido el brillante desfile por la venerable figura del Papa Juan XXIII llevado en su Silla Gestatoria bajo palio.

Hace diez años, Alfara peregrinaba a Roma con motivo de Canonización de San Juan de Ribera. Aquel grupo de treinta y cuatro alfarenses tuvo también tiempo de girar visita turística a la Ciudad Eterna, visitando un templo que, como el parroquial nuestro, está bajo la advocación del Apóstol San Bartolomé, y en el que reposan sus restos. En la imagen de la página de la izquierda aparecen, sobre el retablo de nuestro templo, la imagen de nuestro Santo Patrón; una escena de su martirio (a la izquierda) y una escena de la vida de San Juan de Ribera (a la derecha). Lo que viene a ser una síntesis gráfica, «a posteriori» e involuntaria, de las motivaciones principales de aquel viaje de junio de 1.960. Ha transcurrido una década. Un testigo de excepción, don José María Serra, tuvo la dicha de vivir lo que, con su brillante estilo y a través de este artículo recordatorio, constituye ya un documento histórico.

No vamos a relatar pormenores de la ceremonia; baste decir que el Papa, desde su trono, junto a la renombrada “Gloria de Bernini”, pronunció el Decreto de canonización con estas palabras : Declaramos y Definimos: Que el Beato Juan de Ribera es SANTO. y su nombre debe ser incluido en el catálogo de los Santos Pontífices Confesores de la Iglesia y su memoria recordada cada año el día de su natalicio para el cielo, a saber, el día 6 de enero. Después de estas palabras, mientras en el interior de la Basílica se cantaba el Te Deum, las campanas de San Pedro y las de todas las Iglesias de Roma repicaban a gloria en honor del nuevo Santo. Acto continuo comenzó la Santa Misa oficiada por el Sumo Pontífice el que, después de cantado el Evangelio, hizo la homilía en latín exaltando la vida y las virtudes del Santo canonizado. Terminada la Misa con la bendición Papal, se formó de nuevo el cortejo para la salida del Papa de la Basílica; compactos grupos de hombres y jóvenes, a ambos lados de la Basílica, seguían al Pontífice y sin cesar le aclamaban: ¡Viva el Papa! ¡Viva el Papa!

Terminado aquel solemne acto nos dábamos por muy satisfechos y estaban colmados nuestros deseos ya que el asistir a lo que habíamos presenciado, constituía casi exclusivamente el motivo de nuestro peregrinar. Pero aquel mismo domingo, por la tarde, pasamos por unos momentos de emoción intensa que inesperadamente sentimos. Porque el Santo Padre concedió a los peregrinos españoles una audiencia especial y nos recibió en la llamada Sala de las Bendiciones de su Palacio Vaticano. Llegado a la Sala y ocupado su Trono, el Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Tarragona, pronunció un elocuente discurso presentando a los peregrinos que habían llegado de diferentes puntos de España: de Sevilla, Badajoz, Barcelona, Valencia… peregrinaciones de pueblos vinculados al nuevo Santo entre ellos de Burjasot y Alfara del Patriarca “sobre los cuales el entonces arzobispo de Valencia y Patriarca ejerció paternalmente derechos de Señorío».

¡Qué honor para nuestro pueblo! ¡Ser mencionado en la presencia del Papa y de su corte pontificia y ante toda aquella concurrencia! Porque allí estaba la Misión especial de España, presidida por el entonces ministro de la Gobernación, D. Camilo Alonso Vega; allí, las autoridades provinciales y prelados de las provincias antes citadas… A los hijos de Alfara se nos ensanchó el corazón al oír inesperadamente el nombre de nuestro pueblo en aquella ocasión. Si grandiosa fue la ceremonia de la canonización celebrada por la mañana, no fue menos emotiva esta audiencia de la tarde, en la que pudimos, más de cerca, ver al Papa y oír su discurso, en correcto español, dirigido a todos los presentes y enalteciendo la figura del nuevo Santo.

Nuestra estancia en Roma fue aprovechada, naturalmente, dedicando los dos días siguientes a la visita de las cosas y monumentos más importantes de la ciudad. La mañana del lunes fue dedicada a la visita del grandioso museo Vaticano, con la tan nombrada Capilla Sixtina, pintada por Miguel Ángel. Y el martes, acompañados de un experto guía, recorrimos Roma en autocar, visitando las Basílicas Mayores de San Pedro, San Pablo, San Juan de Letrán y Santa María la Mayor; el Capitolio, el Coliseum, la fontana de Tréveris… y cuanto de notable existe en la ciudad.

Entrañable imagen de San Juan de Ribera, Señor de Alfara, en el altar de la Capilla de nuestro templo Parroquial.

Iniciamos el recorrido con una visita obligada a la Basílica de San Bartolomé. Para muchos fue sorpresa, pero alguien sabía que hay en Roma una iglesia con honores de Basílica Menor, llamada de San Bartolomé porque en ella y en el sepulcro que forma la mesa del altar mayor, de piedra pórfido, reposan los restos del Santo Apóstol. ¿Cómo podían prescindir los hijos de Alfara de aquella visita? ¿Cómo no postrarse ante sus sagrados restos? ¿Cómo no besar aquella piedra que cubre sus huesos? ¿Cómo no pedirle su protección sobre nuestro pueblo?

El río Tiber, que sin ser caudaloso, lleva agua suficiente para que por él naveguen pequeñas embarcaciones, atraviesa, de Norte a Sur, la ciudad de Roma, y en medio de ella, la corriente se bifurca, y entre sus dos brazos aparece una pequeña isla. Está comunicada por sendos puentes que la unen con cada una de las riberas del río y en ella hay dos pequeñas calles y, en el centro, una plaza, al frente de la cual se levanta la Iglesia de San Bartolomé. Fue llamada Isla Tiberina; ahora se llama Isla de San Bartolomé.

El emperador Otón III hizo edificar una iglesia en honor de San Adalberto, y queriendo trasladar el cuerpo de San Bartolomé desde Benevento hasta Alemania, lo sacó de aquella ciudad y lo depositó, provisionalmente, en la iglesia de la Isla; mas no pudo realizar su deseo porque le sobrevino la muerte. Al quedar definitivamente el cuerpo del Santo Apóstol en la citada iglesia comenzó a extenderse su devoción entre el pueblo romano, a ser venerado su sepulcro y a ser visitado masivamente el día de su fiesta, 24 de agosto. Sin duda, por este motivo comenzó a llamarse la Isla de San Bartolomé, nombre que conserva en la actualidad. También es llamada “Isla entre dos puentes». Juntamente con los restos del Santo Apóstol se veneran allí los de Santa Exuperancia, Santa Teodora Matrona Romana, San Marcelo, San Abundio y San Abondancio.

Tres mujeres alfarenses y don José María Serra, autor de este artículo, posan ante la imagen de San Bartolomé, en el patio interior del templo que, en la isla Tiberina de Roma, está dedicado al Santo Apóstol y en el que reposan sus sacrosantos restos.

Allí estuvimos los peregrinos de Alfara. Y al venerar los restos del Santo lo hacíamos movidos no sólo por la devoción particular de cada uno, sino en nombre de toda la población, Alfara, que representada por aquel grupo de treinta y cuatro de sus vecinos, había asistido a la ceremonia de la canonización de San Juan de Ribera, se postraba entonces ante el sepulcro de San Bartolomé y le pedía que, desde el cielo, continuase siempre prestando su protección sobre todos aquellos que, como comunidad Parroquial, viven cobijados bajo la Parroquia a él dedicada.

Cumplidos nuestros objetivos en Roma emprendimos el viaje de regreso deteniéndonos una tarde y pernoctando en Asís, patria de San Francisco, visitando la casa donde nació y su sepulcro. Siguiendo el idéntico itinerario, al viaje de ida, llegamos a Alfara alrededor de la media noche del lunes, 20 de junio. No pasó inadvertida nuestra llegada. El pueblo nos esperaba en la plaza, junto a la iglesia que tenía de par en par abiertas sus puertas y aparecía espléndidamente iluminada. Con el canto entusiasta de los gozos a San Juan de Ribera, con mutuos y efusivos saludos y con la alegría de vernos de nuevo en nuestro pueblo terminó aquel viaje feliz.

A los diez años de los actos que quedan reseñados y siguiendo su tradición, Alfara se dispone a celebrar sus Fiestas Patronales con la alegría y entusiasmo que le es peculiar. Los diversos festejos que se han preparado por los Clavarlos de cada fiesta y por la Junta, quedan consignados en este programa, y deseando que todos tengan completa realización, esperamos que resulten devotos y solemnes en lo religioso, atrayentes y alegres en lo profano y pedimos que Alfara se vea siempre protegida por la intercesión de los Santos a quienes profesa especial devoción: su Titular San Bartolomé, su Patrona Santa Bárbara y su antiguo Señor San Juan de Ribera.

(Las fotos de Roma y la de la plaza engalanada, son del archivo privado de don Anastasio Márquez, otro testigo de excepción, pues sus fotografías, con el paso del tiempo, se han convertido en documentos de inapreciable valor.)

1.960. Octubre. San Juan de Ribera ha sido canonizado en junio pasado. Ahora, Alfara del Patriarca se ha engalanado, ha adornado sus calles (banderas, colgaduras, tapices, guirnaldas…) porque un acontecimiento irrepetible va a producirse: los restos del hasta entonces Beato y Santo ahora de pleno derecho, van a ser traídos y apoteósicamente recibidos por los descendientes de quienes fueron sus convecinos y súbditos. Esta plaza cambiaría su nombre de Plaza de la Iglesia por el de San Juan de Ribera, por cuyo motivo está colocado, bajo el rótulo y efigie que daría el nuevo nombre a la plaza, el escenario en que, aprovechando la emotiva recepción de las reliquias corporales del Santo, hablarían don Vicente Aranda, don Emilio Ramón Llin y don Antonio Rodilla Zenón, Rector del Seminario. Hubo lágrimas, emoción, cánticos, apoteosis… en el reencuentro, tras los siglos, del Señor de Alfara y los descendientes de sus súbditos, ahora devotos de su recién proclamada Santidad.

Bibliografia completa Mn. José Mª Serra, «1960: Alfara peregrinó a Roma» (1970). Programa de fiestas 1970, sense numerar.
Etiquetes Programes de festes, religió
Data de publicació Dimecres 9 de juny de 2021
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